García Márquez fue “capaz de producir un universo tan completo como el nuestro” afirma el profesor y escritor Ilan Stavans acerca de la obra cumbre del Nobel colombiano. Hace un recorrido en el tiempo y confirma la vigencia de la obra.
Ilan Stavans*
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, celebra este año su cumpleaños número 40. También se cumplen los 80 años del autor y los 25 de haber recibido el Premio Nobel de Literatura. Quizás sea por la coincidencia de fechas, pero Gabo —como es conocido García Márquez entre sus amigos— nunca había sido tan popular. Las celebraciones pululan en su nativa Colombia y en todo el mundo hispano. Y una edición popular de aniversario de su novela épica, supervisada por el autor y publicada bajo la égida de la Real Academia Española, con una primera edición de un millón de libros, está a la venta en todo el mundo de habla española.
La fama de García Márquez no tiene nada de novedoso. Le llegó casi de un día para otro, en 1967, con la conmoción que rodeó la publicación de Cien años de soledad en Buenos Aires por Editorial Suramericana. La novela se tradujo a tres docenas de lenguas y, por un tiempo, parecía que todos en el mundo la estuvieran leyendo. Pero con una población superior a los 450 millones el mundo de habla hispana es hoy más complejo. Ningún otro de sus artistas ha estado siquiera cerca de su reputación desde entonces.
Antes de Cien años de soledad, García Márquez era respetado como periodista y como autor de una manotada de libros, entre otros El coronel no tiene quién le escriba. Ya en ese libro y en los cuentos de García Márquez había referencias a Macondo, el escenario ficticio de la novela que lo haría famoso. Luego de 1967, en la mitad de su carrera, no parecía posible que García Márquez se pudiera superar a sí mismo. Siguió escribiendo una serie admirable de novelas, desde El amor en los tiempos del cólera hasta Memoria de mis putas tristes. Puede que sean más mesuradas, quizá más maduras también, pero si se trata de profundid
ad, todas ellas palidecen frente a Cien años de soledad.
La leyenda sobre esta novela sostiene que Gabo y su esposa, Mercedes, cuando vivían en México hacia mitad de los sesenta, iban en unas vacaciones camino de Acapulco en su Volkswagen cuando el escritor sintió el golpe de la inspiración. Dieron media vuelta y en los meses que siguieron García Márquez se encerró. Prestando plata, Mercedes se convirtió en su ángel guardián, trayéndole comida, alejando a los extraños. Unos cuantos capítulos comenzaron a circular entre amigos, los escritores Julio Cortázar y Carlos Fuentes entre ellos, quienes se referían públicamente de lo que habían leído como un “tour de force”.
La nuestra es una era de sentimentalismo mediatizado. Un solo capítulo de telenovela es visto hoy por un número de gente mayor que todos los lectores de la novela de García Márquez, quizás de toda su obra. Pero la telenovela perece casi tan pronto como inflama la pasión de su audiencia. Cien años de soledad es eterna. Es cierto, si se lee a fondo, como lo he hecho este semestre con mis estudiantes, claramente es primero y ante todo un melodrama, si bien magistral, con escenas almibaradas de amor no correspondido, animosidad entre hermanos, y domésticas puñaladas por la espalda.
Pero la combinación única de exotismo, magia y extravagancia que emplea García Márquez no proviene del mundo de las telenovelas. Conocido como “realismo mágico” —una categoría débilmente conectada con lo que el escritor cubano Alejo Carpentier llamó “lo real maravilloso”— el término ha alcanzado tal ubicuidad y elasticidad que ha terminado por no significar nada. Durante un tiempo denotó el intento de borrar los límites entre realidad y ficción, entre lo natural y lo sobrenatural. Pero su uso actual es caótico. Ayuda tanto a catalogar a los sucesores de segundo grado de García Márquez, caso Isabel Allende, como a entender la mezcolanza barroca de sueños y nacionalismo de Salman Rushdie en Niños de medianoche y la fantasmagórica meditación sobre el esclavismo de Toni Morrison en Beloved. Todos han sido relacionados con el “realismo mágico”, con diversos grados de éxito.
García Márquez, sin embargo, es su fuente reconocida, y por una buena razón. Al comienzo de Cien años de soledad, Macondo es un pueblo pequeño e indefinido de la Costa Caribe de Colombia (modelada a partir del lugar de nacimiento de García Márquez, Aracataca, el cual cuatro décadas después de la aparición de la novela sigue siendo un lugar polvoriento sin agua potable). En 20 capítulos simétricos, cada uno de aproximadamente 20 densas páginas, un narrador en tercera persona —¿Es Melquiades el alquimista?— cuenta, con aterradora precisión, el ascenso y caída del pueblo, explorando sus dimensiones geográficas, temporales, ideológicas y culturales.
Por fortuna, Cien años de soledad no se ha llevado al cine, un proceso que usualmente termina por demeritar el valor de la fuente literaria. En una columna, García Márquez escribió que Francis Ford Coppola le ofreció comprar los derechos para una adaptación cinematográfica. García Márquez declinó, entre otras razones porque no quería que Macondo terminara aprisionada en nuestra imaginación en la forma de un escenario. (Algunas de sus otras novelas y cuentos, como La cándida Eréndira y Crónica de una muerte anunciada, han llegado a la pantalla grande, con resultados atroces).
En 2002, García Márquez publicó el primer volumen de su autobiografía: Vivir para contarla. Contiene claves —la casa de García Márquez en Aracataca como el modelo para la casa de los Buendía, él y sus amigos como inspiración del grupo literario de Barranquilla al final de la novela, una famosa masacre de trabajadores que encuentra su lugar en el libro— para descifrar el origen de sus imágenes y motivos. Pero ¿Debería uno buscar esas explicaciones en una novela que ruega ser leída de manera autónoma, como una puerta a una realidad paralela? Mi sugerencia es dejar la biografía a un lado. Tomemos el caso de la política en García Márquez, que para muchos lectores, especialmente los exiliados cubanos, genera problemas. Desde joven, García Márquez ha sido de izquierda. En los 60, siguió la ola intelectual que abrazó la revolución cubana. Pero cuando muchos seguidores cambiaron de lado, denunciando el régimen de Fidel Castro por intolerante e hipócrita, García Márquez no lo hizo. Se mantiene como fiel amigo de la Habana, incluso sirviendo ocasionalmente como intermediario en las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba.
Algunos críticos han querido convertir las conmemoraciones de los éxitos de García Márquez este año en un referendo sobre su ideología. La misma cuestión salió a flote en 2004, cuando el centenario de Pablo Neruda dio paso a acusaciones de que no había escrito poesía sino propaganda. No se necesita mayor inteligencia para darse cuenta de que en América Latina el cruce de caminos entre la literatura y la política es confuso. Jorge Luis Borges recibió una medalla del general Augusto Pinochet, Mario Vargas Llosa fue candidato presidencial en Perú en 1990, con una plataforma de centro-derecha. Es imposible desenredar estas fuerzas. Es precisamente esa confusión lo que hace a Cien años de soledad tan atractiva por la manera como desarrolla los obstáculos que ha encontrado América Latina en su camino hacia la democracia.
Mi propia relación con el libro ha cambiado a lo largo del tiempo. Lo leí por vez primera en el Distrito Federal, mi ciudad de origen, cuando era un quinceañero y me transformó. Era a finales de los 70 y García Márquez era aclamado. Había reinventado Latinoamérica con su pluma, llenando de magnetismo la región. Había rejuvenecido la novela, que luego de la Segunda Guerra parecía haber entrado en un punto sin retorno, un eje de depresión insuperable, ayudando a mover su centro hacia el Nuevo Mundo.
En la medida que maduraba, mantuve mi admiración por García Márquez pero no quería sentirme asfixiado bajo su sombra. Muchos escritores de mi generación, el así llamado boom latinoamericano, proveníamos de centros urbanos y no encontrábamos empatía con su mirada del mundo. Queríamos escribir, no sobre ni desde el trópico, sino sobre cualquier cosa y sobre todo —como lo ha hecho Jorge Volpi sobre el nazismo y la fabricación de la bomba atómica en En busca de Klingsor; Rodrigo Fresán sobre Peter Pan en Jardines de Kensington; Edmundo Paz sobre antiglobalización en El delirio de Turing, e Ignacio Padilla sobre el frente oriental del imperio austrohúngaro en Sombra sin nombre. A muchos de nosotros, Cien años de soledad nos parecía muy parroquial. La novela como género literario tenía que ser animada, confrontacional y sacrílega.
En mis 40, he regresado a la obra maestra de García Márquez. Ahora me parece que, como El Quijote de Cervantes, descifra el ADN de la civilización hispana. Es una novela “total”, diseñada por un creador capaz de producir un universo tan completo como el nuestro. Cien años de soledad ha hecho algo sorprendente: ha sobrevivido acumulando distintas, a veces opuestas relecturas ¿Y no es eso lo que un clásico es, un espejo en el que los lectores ven lo que están buscando?
* Ilan Stavans es profesor de Cultura Latinoamericana y Latina en Amherst College. Su ultimo libro es The Disappearance.