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La Guerra de la Restauración
juan bosch | juanbosch.org | 16-08-2007
    
guerra_restauracion_portada Los capítulos de este libro se publicaron en el semanario Vanguardia del Pueblo a partir del número 253, correspondiente al 20 de agosto de 1980, y se recogen ahora en un volumen porque no me queda la menor duda de que la guerra de la Restauración es la página más notable de la historia dominicana y también la más ignorada, no ya desde el punto de vista subjetivo sino desde el objetivo. La casi totalidad de los dominicanos no tienen idea de lo que fue esa guerra como esfuerzo colectivo, gigantesco y heroico, y también lo que fue como hazaña militar; y quien lo sabe, como le sucede al autor de estas líneas, está en el deber de hacer todo lo posible para que el mayor número de personas hagan conciencia de la grandeza de ese episodio de la vida nacional.

La guerra de la Restauración comenzó el 16 de agosto de 1863 y el día 22 caían en manos de los restauradores Guayubín, Dajabón, Monte Cristi, Sabaneaba (hoy Santiago Rodríguez); el día 24 el capitán general español declaraba el estado de sitio en todo el país; el 28 caían en poder de los insurgentes el ayuntamiento y el cuartel de Puerto Plata, La Vega, San Francisco de Macorís, Cotuí; el 30 cayó Moca y Gaspar Polanco. llevaba a Santiago mil hombres con los que iba a iniciarse ese mismo día la batalla conocida con el nombre de esa ciudad.

A los dieciocho días de haber comenzado la guerra, las tropas españolas de Santiago estaban refugiadas en la fortaleza San Luis, y tres días después, el 6 de septiembre, los restauradores le daban fuego a la capital del Cibao, un hecho único en la historia de las guerras de independencia latinoamericanas. El día 14 salió Luperón hacia Moca; el 15 despachó desde La Vega al general José Durán para San Juan de la Maguana por la vía de Jarabacoa y Constanza, y para fines de mes ya el general Durán había llevado la revolución a todo el Sur mientras Luperón se establecía en Bermejo y enfrentaba a Santana, que había acampado en Guanuma.

¿Qué explicación puede haber para semejante rapidez en la acción?

Una sola; que la guerra de la Restauración tuvo desde el primer momento el apoyo resuelto de las grandes masas del pueblo dominicano porque en ella se reunieron una guerra de liberación nacional y una guerra social, en las cuales participaban a la vez hombres animados de poderosos sentimientos patrióticos y hombres de acción que van a los campos de batalla en busca de ascenso social, y en ocasiones, como pasó en la de la Restauración, hombres en quienes se daban los dos estímulos, el patriótico y la necesidad de ascender socialmente.

Para tener conciencia clara de qué es él, el pueblo dominicano debe conocer en detalle, y de ser posible a fondo, lo que fue la guerra de la Restauración, ese acontecimiento histórico extraordinario que no fue igualado en países de la América nuestra más ricos, más cultos, más poblados que la República Dominicana; pero es el caso que aunque se ha escrito bastante sobre esa epopeya, se ha hecho, sin embargo, con criterio polémico o para darles claridad a éste o aquél o a varios episodios o para destacar a tal u cual personaje de esa guerra, pero ésta no ha sido expuesta como un todo operando a nivel nacional gracias a la capacidad de acción de los hombres que la dirigieron pero también de los que la hicieron desde los puestos más bajos.

Salvo en el caso de Pedro María Archambault, los historiadores de esa guerra no llegaron a darse cuenta del papel que jugó en ella el general Gaspar Polanco, pero además, por razones de clase, Gaspar Polanco aparece disminuido ante el juicio de las generaciones posteriores a la epopeya restauradora porque no se le perdona el fusilamiento de Pepillo Salcedo, que en el orden clasista de la sociedad dominicana de la época ocupaba un lugar tan elevado como el que más, de manera muy especial entre los altos pequeños burgueses del Cibao. El fusilamiento de Pepillo Salcedo fue un error, pero un error que se explica en el carácter del hombre que ordenó en un momento difícil de la revolución Restauradora el hecho más importante de la guerra: el incendio de Santiago. Gaspar Polanco no tiene estatuas y su nombre es uno más entre los de los jefes de la Restauración, pero pocas veces, si es que se vio alguna vez, ha visto América la capacidad de decisión, el coraje sin freno, la voluntad de la victoria que se reunieron en ese extraordinario analfabeto que había nacido en un campo de Guayubín.

Los dominicanos de hoy se imaginan a los hombres de la Restauración vestidos con uniformes como los que años después, cuando se hallaban en posiciones de las más altas, usaban Luperón y Ulises Heureaux, o con los trajes que vestían los altos pequeños burgueses de Santiago, pero lo cierto era que los jefes y los soldados de la epopeya Restauradora vestían de otra manera, tal como lo dice Pedro F. Bonó en su descripción del cantón de Bermejo: "No había casi nadie vestido. Harapos eran los vestidos; el tambor de la Comandancia estaba con una camisa de mujer por toda vestimenta...; el corneta estaba desnudo de cintura para arriba. Todos estaban descalzos y a pierna desnuda".

En aquellos tiempos el hombre del pueblo que se las arreglaba para tener un caballo no podía ponerle una silla de montar hecha de cuero y con estribos sino un aparejo que se hacía con hojas de plátanos amarradas con hilo de cabuya y cubiertas por cuero de chivo; y así iban los dominicanos a la guerra, sobre esos aparejos, con los pies al aire y descalzos, armados de machetes y si acaso de fusiles, cuando se adueñaban de los que llevaban soldados españoles heridos o muertos.

La guerra de la Restauración no fue una fiesta ni en ella podían tomar parte todos los hombres. Para hacerla se necesitaban condiciones nada comunes, porque había que enfrentar un medio físico hostil con muy escasos medios para dominarlo y porque se combatía contra soldados españoles, cuyo valor ha sido proverbial desde hace siglos; y para formarnos un juicio correcto de cómo la hizo el pueblo dominicano, con que ímpetu y arrojo se lanzó a ella, diremos que empezó el 16 de agosto de 1863 y un año y menos de cinco meses después —el 7 de enero de 1865— se presentaba en el Parlamento español un proyecto de ley que ordenaba el abandono, por parte de las autoridades españolas, del territorio dominicano; lo que equivale a decir que en ese corto tiempo España quedó convencida de que no podía ganarle a nuestro pueblo la guerra de la Restauración.

La guerra de la Restauración fue una revolución burguesa frustrada, como lo había sido la separación de Haití y como lo fue la revolución de Abril de 1965. Esa relación entre la epopeya de 1863 y el levantamiento de 1965 me lleva a publicar en este volumen, además de los capítulos que había escrito sobre la Restauración, los que escribí en junio y julio de 1979 sobre la guerra de Abril, que fueron publicados en Vanguardia del Pueblo y también en dos ediciones de un folleto cuyo título es La Revolución de Abril.

Y ahora, una aclaración para, los estudiosos de la Sociología:

¿Cómo se explica que yo califique, lo mismo en este trabajo que en otros anteriores, de pequeña burguesía a capas de la población de un país que como la República Dominicana no era todavía en los años 1860 y tantos una sociedad capitalista sino claramente precapitalista?

Porque no hay cómo llamar a esas capas, sobre todo cómo llamarlas de manera que lo acepte un público lector no especializado en la materia. Para esos años en el país no había una sola industria y por tanto no había obreros. Las poblaciones más grandes no llegaban a 10 mil habitantes, lo que indica que no teníamos ni sombra de lo que algunos marxistas nuestros llaman "el alto" o "el gran comercio"; no había un banco y por no haber no había ni un kilómetro de carretera o camino ni un puente. Los medianos y los pequeños campesinos podían trabajar lo mismo en tierra ajena que en terrenos comuneros. De estos últimos, que eran una forma de propiedad colectiva precapitalista, había grandes cantidades en todas las regiones. Había demasiada tierra baldía para que nadie, ni aún un propietario, se molestara o se preocupara por el uso que le dieran algunas personas a la tierra.

No se conocía, y por tanto no se aplicaba ninguna técnica agrícola que no fuera la que pudiera ejecutarse a base de un machete para limpiar los terrenos y una coa de madera —un pedazo de palo de dos pulgadas de diámetro con un extremo aguzado al fuego—; no se conocía ningún sistema de irrigación y la crianza de vacas, cerdos y aves era puramente montaraz.

¿Cómo llamar al campesino pobre de entonces, y al menos pobre, y al mediano? ¿Así, con esas mismas palabras en todos los momentos? ¿ Y cómo llamar a los que vivían de comerciar en las ciudades con los frutos de esos campesinos, a ésos de quienes habla Alejandro Angulo Guridi llamándoles holgazanes? ¿Y qué nombre les daríamos a los muy escasos artesanos; el barbero, dueño de sus herramientas y de una silla desvencijada; el carretero, propietario de una carreta y un animal de tiro; el sastre, cuya corta clientela estaba compuesta de los contados medianos y altos pequeños burgueses de tres o cuatro centros urbanos?

En el lenguaje de hoy no se usan las palabras que puedan definir las categorías sociales de un pueblo que a mediados del siglo XIX no conocía el capitalismo, y al referirnos a esas categorías nos vemos en el caso de usar los nombres que se les aplican ahora. De otra manera, la mayor parte de los lectores dominicanos no me entenderían, y para ellos se publica este libro.

La situación económica del país a mediados del siglo XIX —Comparación de la economía dominicana con la cubana—La baja de valor del peso en 1857 y sus causas— La guerra contra Haití produjo muchos ascensos sociales— El movimiento revolucionario de 1857.

Si el general Santana y los hombres de su gobierno tenían razones políticas para anexionar el país a España, la gran masa del pueblo tenía una que para ella era determinante: la miseria en que vivía. La única descripción de esa miseria que conocemos es la que hizo Alejandro Angulo Guridi, que aparece en Composición Social Dominicana (página 175) expuesta como sigue: "Yo llegué (a la Capital) en septiembre de 1852, y voy a decir en pocas palabras del aspecto que ofrecía... las calles llenas de surcos, cubiertas de yerbas, muchas, muchísimas casas en ruinas... Había muchísimas casas, la mayor parte con gran ausencia de aseo en sus puertas, pisos y paredes; con algunos taburetes viejos, y una o dos hamacas en las salas, habitadas por familias pobrísimas... De esas, gran número ofrecían a la vista del transeúnte el cuadro de un comercio humildísimo, efecto de la haraganería consistiendo en un reducido número de frutos del país, y algunas bagatelas colocadas unas en el suelo y otras en una tabla que descansaba sobre dos barriles, todo ello cerca de la puerta de la calle".

La descripción que hace Angulo Guridi es muy viva, pero no es acertada cuando dice que el comercio humildísimo que se hacía en la capital del país era efecto dé la haraganería. De lo que era efecto era de la miseria, y en un medio donde lo único que abundaba era la miseria no se les podía pedir a las gentes que fueran trabajadoras. ¿Qué iban a producir con su trabajo? Ese comercio humildísimo que todavía hoy vemos en las calles de Santo Domingo —el hombre maduro que ofrece en venta tres aguacates o una mano de guineos en una esquina de la avenida 27 de Febrero o en otra vía de mucho tránsito— es el símbolo del subdesarrollo, palabra que significa escaso desarrollo económico con su lógica consecuencia de pobre desarrollo social, cultural y político.

Lo que dijo Angulo Guridi de la Capital en 1852 era válido en. 1860 a juzgar por la descripción que del país hiciera el militar español brigadier don Antonio Peláez Campomanes, jefe del Estado Mayor de la Capitanía General de Cuba que había venido con el encargo de estudiar la situación dominicana para conocimiento del capitán general de la vecina isla, a quien el gobierno de España había encargado de informar a Madrid acerca de si convenía o no aceptar la anexión de la República que Pedro Santana estaba ofreciéndole a la reina Isabel II.

El cuadro de la economía dominicana que pintó Peláez Campomanes no podía ser más sombrío, y él estaba en capacidad de apreciar la verdad en ese campoporque venía de Cuba, que era una isla riquísima. No puede hacerse una comparación entre la República Dominicana y la Cuba de aquellos años porque en el país no había registro estadístico, pero Schomburk, el cónsul inglés, calculó que en los seis años que transcurrieron de 1850 a 1855, ambos incluidos, nuestras importaciones fueron de 1 millón 85 mil 565 libras inglesas, equivalentes a unos 5 millones 500 mil pesos españoles de la época, y los datos que nos da Julio Le Riverend en su Historia Económica de Cuba (Instituto Cubano del Libro, 1971 páginas 390-91), dicen que en los cuatro años que corrieron de 1856 a 1859, ambos incluidos, las importaciones cubanas de sólo tres países, Estados Unidos, Inglaterra y España, llegaron a 100 millones 756 mil pesos.

Hablando del comercio de la República Dominicana Peláez Campomanes decía que a la altura de 1860 era "de pequeñas proporciones, surtiéndose generalmente de todos los artículos que necesitan de la isla de San Thomas, y algunos, aunque pocos, de la de Curacao" (José de la Gándara, Anexión y Guerra de Santo Domingo, página 401).
Es a la luz de la situación de miseria generalizada en que vivían los dominicanos entre 1850 y 1857 como hay que ver los acontecimientos de este último año, el levantamiento contra Báez que dirigió el comercio cibaeño encabezado por el de Santiago, pero no podemos caer en la simpleza de achacarle ese levantamiento a una sola causa, por ejemplo, a la operación de cambio de las monedas de oro y plata (que recibían de Europa los comerciantes cibaeños para que compraran tabaco que debían despachar al Viejo Mundo) por los billetes o papeletas dominicanos que hacía el gobierno, y en ese caso particular, el gobierno de Buenaventura Báez. En 1857, Báez puso a circular una cantidad tan alta de esas papeletas que de 60 y 70 por peso oro o fuerte que valían pasaron a 3 mil y 4 mil, y cuando los comerciantes compradores de tabaco vinieron a darse cuenta, en vez de pesos fuertes o tabaco lo que tenían en las manos eran montones de papeletas que no valían nada, mientras que con una parte del oro y la plata que habla recibido a cambio de esas papeletas el gobierno se había quedado, a través de intermediarios de su confianza, con el producto más valioso del país por esos años, que era el tabaco. Puede decirse que prácticamente el gobierno actuó como un estafador, y esa estafa desató la revolución del 8 de julio (1857), pero en realidad la estafa fue sólo el precipitante de ese levantamiento, pues las causas profundas, las que no se ven o no ve todo el mundo, eran un amasijo de contradicciones entre las diferentes capas de la pequeña burguesía dominicana que habían estado pasando por un proceso de desarrollo a partir, por lo menos, de 1844, gracias más que nada a que las guerras contra Haití habían dado oportunidad a muchos pequeños burgueses de las capas más bajas para que ascendieran en algunos casos hasta las más altas.

Esos ascensos sociales no podían darse sin oposición. ¿De quiénes?. De los que formaban las capas altas, y no sólo de los que se hallaban en ellas desde hacía más de una generación sino también de los que habían pasado a esos niveles superiores en los últimos años, que fueron precisamente los que produjeron los hechos destinados a generar mayor movilidad en las diferentes capas de la pequeña burguesía. Eso es normal en los tiempos de guerra, y de manera especial si los hechos ocurren en un país subdesarrollado. Es normal porque una guerra es el escenario adecuado para que se destaquen aquellos que tienen condiciones poco comunes de hombres de acción, capaces de resolver problemas agudos en momentos de peligro. Si la guerra es llevada a cabo por un Estado contra sus enemigos, el Estado, aunque sea de escaso desarrollo como lo era el dominicano por aquellos años, premia a esos hombres con ascensos hacia posiciones militares o políticas que se traducen en ascensos sociales. En la larga guerra de la Reconquista —siete siglos de lucha contra los árabes— los reyes españoles hicieron nobles a muchos villanos (personas de origen humilde) que ejecutaron actos heroicos, y otro tanto pasó en las guerras que sostenían contra España en los territorios de América los poderes europeos. De esto último es un ejemplo el caso del mulato puertorriqueño Manuel Henríquez, que había sido zapatero y se destacó tanto en la defensa de España actuando como corsario contra barcos franceses e ingleses, que en el año 1713 el rey Felipe V le concedió la medalla de la Real Efigie y el título de Capitán de Mar y Guerra, lo que significa que salió de las acciones militares convertido en todo un personaje y usó ese ascenso para hacerse rico, tan rico que acabó siendo prestamista del gobierno de España y también de la Iglesia; y como es natural, los comerciantes de Puerto Rico españoles, y por tanto blancos, no podían ver con buenos ojos ese ascenso de un mulato, que equivalía a decir de una persona de baja ralea.

La situación económica del país a mediados del siglo XIX —Comparación de la economía dominicana con la cubana—La baja de valor del peso en 1857 y sus causas— La guerra contra Haití produjo muchos ascensos sociales— El movimiento revolucionario de 1857.

-2-
 
La oposición de los altos y medianos pequeños burgueses a un bajo, bajo pobre o bajo muy pobre pequeño burgués dominicano que llegaba al nivel de la mediana y la alta pequeña burguesía, así como la de un noble español, especialmente si era hijo de nobles, al villano recién ennoblecido porque se había destacado en una guerra, se tomaba como un efecto de la soberbia ofendida de los primeros por la llegada a sus niveles sociales de personas que no eran de su calidad. Pero la verdad es otra, de manera muy especial en el caso de la alta y mediana pequeña burguesía en un país tan pobre como era la República Dominicana. La verdad es que su oposición al ascenso de los pequeños burgueses de las capas más bajas se debía a que los primeros sabían que más temprano o más tarde los segundos pasarían a ser sus competidores en el terreno económico, y por esa razón los veían desde que entraban en su nivel social como sus enemigos futuros. Dicho en términos socio—políticos, a partir del ascenso de los segundos empezaba a generarse una contradicción entre los del nivel más alto y ellos, y esa contradicción, multiplicada por el número de las diferentes capas de la pequeña burguesía y por el de los muchos que pasaban de las capas bajas a las superiores, era un hecho en nuestro país antes de 1857, y por cierto un hecho muy complejo.

Ese proceso de movilidad social vertical, es decir, de capas que se movían de abajo hacia arriba, venía dándose en el país desde antes de 1857, y como la situación económica era mala en sentido general, y por tanto el estado de miseria era consustancial con la existencia misma de la sociedad, la oposición de los de arriba a que a sus niveles llegaran los de abajo, o siquiera algunos de ellos, debía ser muy fuerte: pero al mismo tiempo esos de arriba luchaban contra la minoría que tenía el control del poder político del país, que eran los hateros, y en esa lucha encontraron a un líder, Buenaventura Báez. Báez empezó a ser la encarnación del antisantanismo cuando después de haber llegado a la presidencia de la Republica el 24 de septiembre de 1849 pasó a convertirse en el líder de la alta y la mediana pequeña burguesía, que por aquellos días se movía casi exclusivamente en el campo del comercio si bien algunos miembros de esas capas se dedicaban a otras actividades, como por ejemplo al corte de maderas, a la navegación en balandras entre el país, Santomas y Curazao, a funciones públicas civiles y militares, a diversas artesanías. Pero el antisantanismo de Báez vino a manifestarse abiertamente después que Santana volvió a ser presidente de la República, lo que sucedió el 15 de febrero de 1853.

Entre esa fecha y el 8 de julio de 1857, Báez, que había pasado a ocupar otra vez el puesto de presidente el 6 de octubre de 1856, ordenó la prisión de Pedro Santana y lo expulsó hacia Martinica, el 11 de enero de 1857, medidas que denuncian de lejos su condición de líder de la pequeña burguesía, sólo que ya para ese momento no lo era de la alta y la mediana, o por lo menos no lo era de esas capas nada más; ya era el líder de las tres capas de la baja, baja propiamente dicha, la bajas. pobre y la baja muy pobre, y antes de seis meses iba a actuar contra la alta y la mediana en el conocido episodio del cambio del oro y la plata de los compradores de tabaco por las papeletas desvalorizadas del gobierno.

La operación de cambio se hizo; los comerciantes; bajo la dirección de los de Santiago, iniciaron el movimiento revolucionario del 8 de julio declarando que en lo adelante no le deberían obediencia al gobierno de Báez sino a uno provisional asentado en Santiago de los Caballeros. Fue así como se le abrió la puerta a una serie de acontecimientos que iban a culminar con la anexión del país a España, lo que a su vez daría lugar al formidable estallido de la guerra de la Restauración, en la cual iban a actuar unidas todas las capas de la pequeña burguesía dominicana, por lo menos durante los dos años, o un poco menos, que duró esa guerra.

La anexión se hizo posible porque la alta y la mediana pequeña burguesía comercial cibaeña que se levantó contra Báez no pudo conseguir el respaldo popular que le hacía falta para derrotar a las fuerzas gobiernistas. Ese respaldo debían ofrecerlo las tres capas más bajas de la pequeña burguesía, pero éstas, que eran mayoritariamente campesinas, seguían a Báez, y muy especialmente después que se produjo el cambio del oro y la plata destinados a la compra del tabaco por ias papeletas del gobierno, pues esa operación, que arruinó a los comerciantes, benefició a los cosecheros de tabaco, que para entonces eran sobre todo pequeños propietarios campesinos.

Colocadas en una situación difícil, la alta y la mediana pequeña burguesía comercial cibaeña, seguramente seguidas por la alta y la mediana pequeña burguesía agricultora que no producían tabaco, o por lo menos seguidas por sus representantes políticos, decidieron traer a Pedro Santana de Santomas, adonde había ido a vivir, de manera que al cabo de varios años volvía a darse la alianza entre la pequeña burguesía y los hateros que habían hecho en abril de 1843, entonces por acuerdo llevado a cabo en el Seibo entre los hermanos Santana, en la persona de Ramón, y el líder de la Trinitaria, Juan Pablo Duarte. Esa alianza de 1857 llevaría a Pedro Santana al poder, sin el cual no habría podido anexar el país a España.


 

 

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