El voto de Danilo.
Junto a decenas de otros amigos, ninguno citados ni llamados para tales fines, me presenté a las oficinas del licenciado Danilo Medina, al mediodía del recién pasado 16 de mayo, con la finalidad de acompañarle hasta el recinto donde le correspondía ejercer su derecho al voto: la mesa 0175 del Colegio Maria Auxiliadora del sector de Don Bosco.
Llegué con Euri Cabral, después que hubimos de cumplir una jornada maratónica en El Gobierno de la Mañana, y, tanto en las oficinas como en el amontonamiento que se produjo en el centro de votación, observé muchos rostros alegres, pero jamás tan pascuales como los que presentaron los militantes peledeístas que tenían tareas asignadas o que rondaban por aquel lugar. Me confundí en un abrazo con una delegada que lloraba de alegría. “¡Qué bueno compañero, qué bueno!”, le expresó a otro de los acompañantes de Danilo.
Carlos Pared Pérez, por poco y no puede votar en esos momentos, ejerce en esa misma mesa, pero los medios y el público lo asediaron por todas partes. Hubo de hacer provecho del chance en el que Danilo sale al patio para atender la gran cantidad de comunicadores que procuraban interrogarles. Ya había votado y, si bien es cierto que todas las cadenas que daban seguimiento al proceso electoral, enseñaron la marca que estampó sobre el recuadro morado, no fue porque él lo mostrara sino que por encima de su cabeza, camarógrafos encaramados en lo que encontraran, le ficharon mientras el se acogió al espacio de intimidad del podium de votación para sufragar. Lo propio ocurrió con el voto de los principales contendores del proceso, cuyos marcados también fueron llevados al público.
Entre empujones y abrazos que recuerde, me topé con César Prieto, Elías Serulle, José R. Peralta, Gonzalo Castillo, Leandro Núñez, Juan Rodríguez Nina, Fernando Fernández, Junior Brea, Maira Jiménez, Edgar Hernández, Roberto Rodríguez Marchena, Alberto Perdomo, Donald Guerrero, entre otros, pero no podían ser más porque la mayoría de los dirigentes que respaldaron y respaldan a Danilo Medina en el PLD, estaban en sus respectivas provincias cumpliendo tareas encomendadas para el triunfo de su partido.
Los periodistas les bombardearon todas las preguntas que quisieron sobre el significado de su voto y la respuesta única de Danilo fue “no sé ni puedo votar por otro color que no sea el morado”. Es cierto que al preguntársele cómo entendía que concluiría el proceso, dijo que las proyecciones que tenían apuntaban hacia un triunfo del presidente Fernández en primera vuelta.
Eso ha sido todo para que incluso desde el plano interno se lancen contra Danilo algunas piedras, que no esconden otra cosa que celos por el respeto que ha conquistado.
Sobre su lealtad partidaria esta coyuntura no ha arrojado la menor duda. Si bien es cierto que no asumió con conformidad los resultados de las elecciones internas, no lo es menos que desde principio dejó claro a sus seguidores que la casa de los peledeístas es el PLD, y a todos los instruyó para que se integraran en cuerpo y alma a defender su partido.
Que no es hombre de doble cara ni de carta bajo la mesa también estuvo claro, ni por detrás, ni por debajo ni por el medio, jugó ningún otro juego. El PLD volvió a ganar porque actuó unido. Nadie se prestó a fracturarlo.
En la única reunión que sostuvo con el presidente Fernández después de las primarias, le garantizó, sin reclamar nada a cambio, que tendría un partido totalmente integrado, y precisamente el PLD muestra los resultados más auspiciosos en las demarcaciones en las que ejerce más peso el liderazgo de los danilistas.
Y si para ganar fue necesario un PLD unido, para gobernar será imprescindible un partido fuerte. El gobierno tiene aliados que lo serán en todas las circunstancias, pero los tiene también de los que toman otro rumbo cuando las situaciones se aprietan, por eso no debe olvidarse que el principal soporte tiene que ser el propio.
El presidente y los gerentes de su campaña hicieron lo correcto, cuando, en la etapa final, colocaron el énfasis en llamar al voto en la casilla uno y cuando determinaron que el color predominante en las manifestaciones debía ser el morado.
No pudo evitarse que algunos aliados se nutrieran de los votos del PLD para exhibir un posicionamiento que todo el que tiene dos dedos de frente sabe que no es propio, pero si no se toman esas medidas los resultados hubiesen proyectado mayor sangría.
La nueva apuesta, la de todos, tiene que ser por el éxito del gobierno, aunque se le auxilie con posiciones críticas, porque de lo contrario el desalojo puede empezar a marcarse en el 2010, y en el 2012, se escogería un candidato por estar embullado, pero la derrota no la despintaría nadie.
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