
Cuentan los cronistas que cuando los esclavos –hartos de la inmisericorde explotación- se escapaban de las haciendas, los señores o sus capataces salían a buscarles a caballo o a pie, acompañados de sus perros que seguían sus rastros u olores. No siempre podían recuperarlos, porque indios y negros se las ingeniaban para despistarlos en la espesura del monte. También, porque “hacendados inescrupulosos y sin concepto” los atrapaban y se quedaban con ellos. No los devolvían a su “legítimo dueño” a pesar de estar estampados –identificados diríase ahora- al igual que las reses. La severidad del plantacionismo francés en la parte oeste de la isla hizo que muchos esclavos encontraran refugio -¿alivio?-, sin cambiar su condición, en la empobrecida y menos severa sociedad esclavista española afincada en la parte este de la Hispaniola.
“Los tiempos han cambiado; vivimos en sociedades más complejas, en las que conductas y relaciones premodernas coexisten con modernas y postmodernas”, conceptualizaría un observador social para explicarnos ciertas barbaridades o audacias que no encajan en nuestra limitada capacidad para entender ciertos fenómenos o sucesos de la vida cotidiana.
O serán las formas las que han cambiado, vale preguntarse, porque a pesar del paso del tiempo, las esencias se mantienen y aquello de premoderno, moderno y postmoderno bien podrían ser definidos como envases distintos que conservan relaciones fundadas igualmente sobre la explotación y la falta de oportunidades.
A esta reflexión me ha conducido un espeluznante relato que me han hecho dos colaboradores de Perspectiva Ciudadana sobre la persecución de trabajadores haitianos en La Altagracia de Herrera y Bayona, dos barrios pobres en Santo Domingo Oeste.
Durante los operativos que lleva a cabo regularmente la Dirección de Migración para atrapar trabajadores haitianos y devolverlos a su país, de donde han escapado por el hambre y falta de empleo, motoconchistas de los mencionados barrios se prestan a perseguirlos, emboscarlos y tumbarlos en plena calle, para impedir que se salven de la expulsión o de la extorsión, ante la mirada atónita de los vecinos y vecinas y la sonrisa de algunos estúpidos.
Los procedimientos de las autoridades de Migración de cualquier país son, en general, antipáticos, desconsiderados y muy discutibles, pero permitir o alentar que la población se involucre cometiendo semejante salvajada merece la más drástica repulsa y condena.
Como dominicano, como ser humano, protesto y exijo que se ponga fin a esta barbarie.
Santo Domingo, 7 de junio de 2009