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Este es un escrito político binacional a propósito de la confusión que quiere crear un historiador haitiano con su revelación sobre la fusión de la República de Haití y la República Dominicana.


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Fusión dominicana y haitiana, una desvergüenza
Francisco Bernardo Regino E. | perspectivaciudadana.com | 10-03-2011
    

Este es un escrito político binacional a propósito de la confusión que quiere crear un historiador haitiano con su revelación sobre la fusión de la República de Haití y la República Dominicana. Como ciudadano dominicano me rebelo ante la insolencia del ciudadano haitiano y le argumento en tres vertientes históricas con sentimiento patriótico sobre la desfachatez de su posición, que por demás satiriza la memoria histórica de su propio pueblo y del ejemplo de sus luchas libertarias que lo colocó en un lugar cimero contra la esclavitud y la dependencia en la historia de la humanidad.

PREJUICIO Y RACISMO HAITIANO

Resentido sabrá Dios por cual triste experiencia, el revelado historiador haitiano Reinseinthe Paúl Joseph hace unas declaraciones sobre fusión de las naciones que comparten la otrora isla Española  a pesar de que los dominicanos, “quieran o no”, porque el actual presidente dominicano Leonel Fernández, “sabe que cuando ganemos (el partido haitiano de Michel Martelly), se le va acabar el orgullo y el racismo rancio a los dominicanos en contra de los haitianos”. (Federico Henríquez Gratereaux, “Asombroso silencio”, Hoy, 1 Marzo 2011; y José Antonio Martínez Rojas “Lo habíamos vaticinado hace tiempo”, Hoy, 5 marzo 2011).

El  historiador Joseph le hace un flaco servicio a sus hermanos haitianos que viven en República Dominicana, de manera legal o ilegal, porque levanta la sensibilidad y orgullo dominicanos, a la vez que contagia con sus prejuicios a un pueblo como el dominicano que no tiene la profundidad de prejuicios que tiene el pueblo haitiano desde antes de su independencia, con razones históricas más que justificadas contra el amo blanco, pero irracionales entre negros y mulatos. Las más de 300 divisiones cromáticas de la piel y de pureza de sangre existentes en Saint-Domingue desde antes de su independencia como Haití, y publicadas  con detalles en las obras de Moreau de Saint-Mery que describen las partes española y francesa de la isla de Santo Domingo, hablan del refinamiento que alcanzó el racismo impulsado fundamentalmente por los mulatos haitianos, erigidos en castas y clases superiores sobre la piel de sus ancestros negros, revestidos del blanqueamiento de los amos blancos que legitimaron su descendencia, haciéndolos “los nuevos blancos de la tierra”. 

Reza un viejo dicho entre los dominicanos que “no hay mejor cuña que la del mismo palo”, y el aforismo es válido para el valido profesor de historia, quien por lo dicho parece más bien discípulo de los antiguos amos coloniales, aplicado en reversa para los haitianos: “no hay peor cuña que la del mismo palo”. Donde quiera aparece un dominicano descarriado que de vez en cuando “le echa un pelo en el sancocho de las relaciones dominicohaitinas”, pero ahora ha aparecido un haitiano desorientado que “le echa un trozo más grande en el sancocho de las relaciones dominicohaitinas”. Grave daño que alerta sobre el mal de los derechos adquiridos sobre la base de la ilegalidad, la complacencia, la complicidad y el descuido de los gobiernos dominicanos y haitianos, cuando no han asumido con seriedad y solemnidad su rol de cabeza del Estado en la defensa de sus soberanías y el respeto a sus ciudadanos.

Un ciudadano de un país desarrollado es un ciudadano de primera categoría en cualquier parte del mundo, mientras muchos ciudadanos del tercer mundo, entre ellos dominicanos y haitianos en la diáspora, viven errantes, como parias y ciudadanos de quinta categoría, percibidos como “atrasados habitantes de regiones bárbaras, ilegales por presunción de su origen, incultos e incivilizados”. Cualquier viajero tercermundista que haya pasado por un puerto de entrada de algunos países europeos o de América del Norte podría avalar esta percepción discriminatoria. Mestizos, mulatos y negros –todos- ya sean indígenas, haitianos o dominicanos, todavía son considerados por segmentos de poblaciones importantes en los países del norte como intrusos, emigrantes, diáspora que contamina la pureza y tradiciones de sus culturas.

UNA ISLA Y DOS NACIONES

Ha dicho el historiador Reinsenthe Paul Joseph que “Se ha llegado el momento de que los haitianos tengan libre acceso a la República Dominicana, porque la llamada frontera que supuestamente nos divide es un mito”. Tiene razón en lo expuesto, y desde hace tiempo, los haitianos tienen libre acceso a República Dominicana porque autoridades de ambos países se hacen de la vista gorda en el trasiego irresponsable de haitianos que alimentan el desequilibrio dominicano en los ámbitos de la vivienda, mano de obra, salarios, salud, educación, narcotráfico, seguridad jurídica, condiciones sanitarias y un rosario de etcéteras. Las fronteras entre los dos países existen en los mapas y en las mentes de los políticos, no hoy, desde siempre.

El freno del pasado no fue “la matanza de Trujillo del 1937” sino la diferencia de la idiosincrasia de ambos pueblos, percibidas con claridad después del inicio de la revolución haitiana en 1791 en Bois Caimán, tanto por los franceses después que desplazaron a Toussaint Louverture en 1802 con la llegada de la expedición Leclerc, como por José Núñez de Cáceres frente a Boyer en febrero de 1822, y Charles Herard ainé en su recorrido por la parte del este en 1843 después de derrocado Boyer; al igual que los demás presidentes y emperadores haitianos que le sucedieron en las guerras dominicohaitianas,  posteriores a la independencia dominicana de 1844. La República Dominicana no es la tierra de  Dessalines, es la tierra de Juan Pablo Duarte, el mismo que expresó su admiración y respeto al pueblo haitiano constituido en Estado por sus luchas libertarias.

Lo que está por encima de las fronteras trazadas en los mapas es la idiosincrasia de los pueblos, su lengua, su religión, sus costumbres, sus prácticas sociales, sus hábitos domésticos, su moral, su pudor, sus sentimientos, su cosmovisión, la capacidad de entender su realidad y perfilar su futuro, su cultura en el más lato sentido del concepto, su identidad y personalidad que los distingue y diferencia de otros pueblos. Los pueblos dominicanos y haitianos tienen bien determinados los parámetros definitorios de la configuración ontológica de sus poblaciones y ambos perfiles deben respetarse como ejercicio de tolerancia y civilización, sin calificativos sesgados de ser mejores o peores el uno o el otro. Tan francoafricana es la República de Haití como hispanoafricana es República Dominicana. Sus simientes coloniales han definido sus cimientos sociales,  condicionaron sus pensamientos políticos y la conformación de sus instituciones.

Lo que hoy es Haití quedó completamente desarraigado del colectivo de lo que hoy es República Dominicana, con la despoblación de la banda norte y oeste de la isla en 1605 y 1606. La denominada Devastaciones de Osorio, trauma fruto de la ceguera de la corona española, extendió la penetración francesa en esas áreas despobladas para establecer el sistema de plantaciones, creando la colonia más rica de Francia en el mundo a partir del siglo XVIII. En la colonia francesa de Saint-Domingue se empezó a cuestionar el régimen esclavista que sostenía las plantaciones a partir de la Revolución Francesa, y el inicio del colapso del sistema se hizo presente a partir de 1791, culminando con el establecimiento del Estado haitiano en 1804. La historia del suelo haitiano es la misma que la del suelo dominicano hasta inicios del siglo XVII, pero la historia del pueblo haitiano es una nueva historia a partir de esa fecha porque su población no fue un desprendimiento de la dominicana, sino una creación con los negros esclavizados traídos de África para construir la base económica de ultramar del imperio francés en el Nuevo Mundo.

La fusión de las otrora colonias española y francesa, las partes del este y del oeste, no fue posible después del Tratado de Basilea, ni  en el periodo 1795-1800, ni bajo el régimen de Toussaint Louverture de 1801-1802; ni bajo el régimen francés de Victor Leclerc y Kerversau de 1802-1803; ni bajo el régimen de Jean Louis Ferrand de 1804-1808; ni bajo el régimen de ocupación de Jean Pierre Boyer de 1822-1843; ni bajo el régimen reformado de Charles Herard ainé del 1843-1844, en el cual se dio la independencia dominicana. Desde 1795 hasta 1844, en casi 50 años, pasando de unas manos a otras, el pueblo dominicano -mulatos, negros y blancos- mantuvo su postura de defensa de su cultura, sus valores, su patria, afirmando y defendiendo con orgullo las características de su idiosincrasia. Dominicanos y haitianos estamos juntos pero no reburujados, cobijados por el mismo cielo y pisando suelo de la misma isla, tratando de vivir en paz, pero cada uno respete su casa y la del otro.

ABEJAS Y AVISPAS

Que no inquieten la colmena los que envenenan las relaciones de los pueblos dominicano y haitiano, porque el panal de abejas que da miel para todos que es República Dominicana, puede convertirse en un panal de avispas que sólo pican, hinchan y dejan ronchas. No provoquen a este pueblo dominicano, “no lo cuqueen, que cuando se encabrita y se le cruza el plátano en la frente, es peor que un ciclón batatero”. Para recordarlo, tenemos las fechas de referencias del trabucazo del 27 de Febrero contra los haitianos, del Grito de Capotillo el 16 de agosto contra los españoles, y del 24 de abril contra los norteamericanos. Aquí tenemos muchos años ocupándonos de lo nuestro, avanzando a nuestra manera, con muchas deficiencias, con muchos  corruptos, en muchas ocasiones con impunidad e injusticias, pero conscientes de que “algún día ahorcan blancos”  como en la Revolución Haitiana, y de que resolveremos nuestros problemas de manera civilizada, bajo el imperio de la ley y el orden constitucional.

La fusión de dos Estados implica reducirlos a un solo Estado, perdiendo el que se absorbe la soberanía que se adjudica el otro. ¿Cuál de los dos Estados, el dominicano o el haitiano, está dispuesto a perder su soberanía? Ya Juan Pablo Duarte dijo a los dominicanos qué tenían que hacer y él es el líder que seguimos sin ningún tipo de dudas. Para el avispado historiador haitiano –quien debe ser conocedor de la historia de ambos pueblos- en tiempos de confusión sobre la fusión, le resumo mi mejor consejo de marketing político: Deje el panal dominicano tranquilo y no invente temas de campaña política haitiana con los dominicanos; no convierta el panal de abejas en un panal de avispas; ocúpese de su panal, que hay mucho que arreglar del otro lado y para evitar sueños pesados que provocan delirios, le recomiendo que cambie de posición durmiendo del otro lado.

Si de fusión se trata, que gestione el historiador político haitiano la fundición de Haití con la Francia que provocó su miseria, la misma con la que el presidente Jean Pierre Boyer acordó pagar 150 millones de francos en 1825 para reconocer su independencia, la que había sido ganada con sangre y bravura por los negros que se rebelaron contra el restablecimiento de la esclavitud ordenado por el Primer Cónsul Napoleón Bonaparte.

Ya es tiempo de que el pueblo haitiano y sus políticos se levanten y empiecen a construir el país con las raíces de orgullo positivo, gallardía libertaria y la valoración del trabajo heredadas; que sus políticos dejen de dar lástima por el mundo vendiéndose como el país más pobre del hemisferio; tiempo es de levantarse como el país donde renace la esperanza, sin esperar más limosnas, tomando lo mejor de sus héroes del pasado, evitando sus errores y excesos. Que se levanten con la visión estratégica de Toussaint Louverture y se organicen; con la templanza de Alexandre Pétion y compartan sus recursos; con la capacidad y determinación de hacer cosas que parecían imposibles de Henri Christophe; con la inspiración rebelde y justiciera de Bouckman; con la capacidad de sacrificio de miles de hombres y mujeres esclavizados y libertos, que sembraron caña, café, cacao, índigo, algodón y frutos que enriquecieron a Francia y financiaron sus guerras de expansión colonial. Es tiempo de que empiecen a recoger sus escombros con sus propias manos, a reemplazar las carpas por casas seguras, a retornar al convite que hermana y enriquece. Es tiempo de que los políticos e intelectuales haitianos se ocupen de orientar a su pueblo para que recupere el orgullo y la vergüenza ganada con su historia.

No inflen el balón demasiado porque puede reventarle en su propia boca y en la fiesta quedarse sin piñata, sin pitos y sin flautas. El que tenga ojos para ver que vea y el que tenga oídos para oír que oiga. Y los que se sientan dominicanos y tengan boca para hablar, que hablen. Para concluir ¿Cuál será la posición oficial sobre la idea de fusión de los Estados dominicano y haitiano de sus gobiernos actuales, de la Academia Dominicana de la Historia y de la Academia Haitiana de Historia y Geografía? Al menos los dominicanos no podemos callar; la sola idea de fusión dominicana y haitiana es una desvergüenza y una traición a la Patria y al ideario de Juan Pablo Duarte, el fundador de la República Dominicana, quien representa la dignidad, el orgullo y la pureza de la nacionalidad dominicana, al margen de colores de la piel y creencias religiosas o políticas. Que nadie se equivoque, porque la semilla de Duarte echó raíces profundas y aunque la frondosidad del árbol parezca escasa por momentos, sólo está cambiando sus hojas y la savia de nuestros patricios lo alimenta. Que nadie se equivoque y lo sepan de una vez por todas, que “el pueblo indómito y fuerte, siempre altiva la frente alzará”.

Francisco Bernardo Regino E. es miembro colaborador Academia Dominicana de la Historia.

 

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Etiquetas: Francisco Bernardo Regino | Fusion haiti y republica dominicana | Reinseinthe Paúl Joseph | Racismo | Xenofobia |
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