Inesperadamente, después de recibir todos los elogios posibles, de todos los sectores de la nación y del propio candidato perredeísta, la Junta Central Electoral ha pasado a ser tratada de reina a paria. Y muy a pesar de tan confiable como justa e institucional labor rendida. Sin “periquitos”.
De súbito, una contradicción entre dos funcionarios, no jueces del tribunal, desata los demonios en una institución eficiente y aceptada hasta ese día, hora y segundo. Un trueno en día de sol.
De repente, se va perdiendo la prudencia en todos los sectores nacionales al abordar este problema administrativo de la JCE e, inexplicablemente, lo están transformando en un ruido político soez.
Buscan y rebuscan razones, pero no encuentran. Algunos, hasta se empeñan hoy en darle sustancia cierta a la inesperada desconfianza, originada en la renuncia del Sr. García. Por discrepancias de métodos y/o jerarquías con el otro Sr. Frías.
Ninguno, que se sepa, incurrió en violaciones o faltas a las leyes, normas y reglamentos de la JCE en el ejercicio de sus cargos. De haberlas, debieron hacerse públicas y hasta hacerles o hacerle pagar al violador su falta.
Pero, entérese usted, no se tiene semejante caso.
Un asunto común en las organizaciones humanas, empresariales o sociales, se saca de su jurisdicción administrativa, se convierte en escándalo, en desmedro del bien ganado mérito de esa institución, y se justifica con algo así como “no me gusta tu cara”, “ya no te confío”.
¡Comedia!
Y después hablamos de falta de institucionalidad con esa frivolidad de borrachos. La incapacidad del Estado para proveer bienes y servicios públicos al ciudadano, en cantidad y calidad respetables, ha menguado la confianza y el crédito de Estado y gobiernos. Y ambos se han hecho, siempre, presas del descontento público, pero de la desestabilización intencional también. Que hace de las instituciones nacionales marionetas de los intereses.
Nada como los períodos electorales para la observación de esa ola pesimista y de las manipulaciones. Que como a Manet, lanza a Estado, gobiernos y funcionarios al Salon des Refusés, mientras reservan para sí los espacios de la calificación, la imparcialidad o la absolución.
Es momento de coros, pero sin solfeo. Lo de la JCE es eso. Un coro que privilegia el grito y se olvida de las reglas, porque en el fondo esconde la desventaja electoral en que han caído los patrocinadores del escándalo.
La amenaza de fraude o de desastre en la Junta es puro humo. Lo saben.
Santo Domingo, 18 de noviembre de 2011
rsanchez.cardenas@gmail.com
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