Se nos viene inoculando una campaña política contra las mejores instituciones, que no reconoce límites, ni guarda apariencias, ni procura razones, ni se funda en datos verídicos. En esa línea de campaña no existe recato. Todo vale.
Pasó, aunque amaina, con el Banco Central. A aquel se le ha acusado de falsear los datos económicos del país, de engañar al FMI y de conducir la economía nacional al desastre. Desde esa campaña, el Banco Central confiable era aquel que ellos gestionaron, no éste.
Ocurrió con Senasa, acusada de no cumplir su papel como ARS estatal y de que nadie le prefería por ineficaces. Y siguieron con el programa Solidaridad al que estigmatizaron como un programa de “bebedores de ron”.
Acaba de pasar con la Junta Central Electoral, que habiendo rendido una buena labor, se somete al escarnio público para menguar su crédito. Para esconder debilidades políticas electorales y contradicciones intrapartidarias.
En esa política de tierra quemada no se discrimina entre el interés general por la estabilidad de las instituciones y el propósito partidario de alcanzar el poder a cualquier precio, así sea contra aquellos que hacen su labor con corrección, aunque perfectible.
El turno, en esa tómbola de Atila, le ha llegado a Promese. Pocas instituciones tocan la llaga de la herida nacional, como lo hace Promese. Si algo empobrece en este país a las familias, entre sus causas están los medicamentos. Y Promese no solo ha dado testimonio de transparencia en el manejo de sus licitaciones, sino que ha implementado un sistema cada vez más eficiente y de alta cobertura.
Y como lobo hambriento, se desmeritan sus fármacos, presentados como basura de imbornales. No es reclamo de transparencia y honradez de manejo, tampoco la cobertura y la recepción agradecida con que la población le asume. Es la necesidad de destruir su reputación con fines estrictamente politiqueros, electorales.
En esta campaña no quedará una buena institución pública indemne, que no sea embestida siguiendo esa estrategia del descrédito y minado de la confianza en lo público, aunque se mienta. Y hacen de aquellas vinculadas a la política social sus favoritas. Las que han ayudado a revertir la pobreza heredada del gobierno 2000-2004.
El tremendismo político bate su bandera. Y se hará más agudo en la medida en que las tendencias electorales continúen como van: Uno cayendo y el otro subiendo a doble zancadas.
La debilidad del discurso conduce al zigzagueo de rumbo, a las decisiones emocionales, a la desunión y a la derrota inevitable. Azar y estrategia se repelen. Y nada más contra estratégico, que el hábito repentista de la “pela de lengua”.
Santo Domingo, 25 de noviembre de 2011
rsanchez.cardenas@gmail.com
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