En la navidad dominicana se organizaba la decoración de hogares y plazas públicas recreando el establo simple, rústico en el que naciera Jesús. María, José y el niño en compañía del burro, los pastores y, en algunas versiones, la entrega de regalos de los Reyes magos. Tres cofrecitos de oro, incienso y mirra. En el centro del belén, el niño Jesús. Alrededor mucha paja, guajaca y papel.
Para los niños, armar un belén era imaginación, ilusión. Con toques y retoques. Y se colocaba en un rincón o sobre una mesita especial.
Algunas familias sumaban ya un árbol de navidad, más sajón que español. Pero después del proceso migratorio nacional hacia los Estados Unidos las cosas fueron cambiando poco a poco, casi sin darnos cuenta.
Niño y belén fueron desapareciendo a pasitos. Como si uno u otro siguieran el ritmo de una canción inevitable.
El árbol de navidad se hizo dueño de la casa, con nieve y escarcha brillante en el tronco. Luces. Y un gordo de rojo en un trineo tirado por venados, que apuntaban al cielo, como volando a lo Steven Spielberg.
No sabemos en qué momento, pero debió ser entre 1970 y los 90s cuando hicieron saltar al Niño Jesús de la responsabilidad de “poner” los juguetes a los niños. Na’ que na’…¡Fuera! Con todo y belén.
La guerra cultural dejaba claro el vencedor: Santa Claus! De rojo, barba blanca abundante y risa burlona, casi mofándose del Niño Jesús. Indefenso, humilde, corazón e ilusión, contrapuesto a Santa. Rico, gordo y colorao, con un saco de regalos para convencer a los incrédulos.
Santa campea por todos lados, los belenes y el Niño escasean. Todavía más. Una amiga le ha regalado a mi hijo un Santa estilizado, enjuto, “petiseco”, que me ha dejado de una pieza. Como si se hubiera hecho una cirugía bariática. Todo Fit, el señor.
A este paso, me temo que perderemos, también, a nuestras vírgenes.
No lo dudaría. Holywood puede tanto que podría sustituirlas por sus propias féminas. Poniéndole una mantilla a la Zeta Jones, a Nicole Kidman o a Jenifer Aniston pudiera empezar esa transmutación cultural.
Extraño los belenes en navidad. Por la atmósfera humana que le acompaña, la ternura de aquel bebé, la familia. Y diría que hay algo que me apega más al belén que al gordo. Como de pertenencia.
Cada generación lleva consigo la porción de la cultura nacional que le toca vivir. La vida sigue construyendo nuevas cosas, mezclando, como buena repostera.
Me temo que mis tataranietos velaran las noches…Esperando un chino, con bata, sandalias y bigotes lacios, augurio de increíbles artilugios, que harán del belén y el Niño una antigualla.
Santo Domingo, 16 de diciembre de 2011
rsanchez.cardenas@gmail.com
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