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Mis amigos ingleses me han preguntado con interés acerca de Paraguay. Estas preguntas han sido de las mas heterogéneas. Ellas me han servido para confirmar mi convicción del admirable sentido práctico que poseen los ingleses para llegar prontamente al fondo de las cosas. En un tema semejante, a mí me hubiera gustado divagar, generalizar en lo posible, meterme por vericuetos sugerentes, eludir el dato, la cosa en sí misma, por temor de agredir con resultados contraproducentes un tópico tan vario y huidizo...


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El folklore en el Paraguay
augusto roa bastos | prensa-latina.cu | 25-09-2003
    

Esta charla fue leída por el autor paraguayo en los programas para América Latina por la BBC de Londres, en octubre de 1945, publicado en la Revista de Turismo del mes de Abril de 1946. Colección de Vilma de Escalante. Perspectiva Ciudadana agradece a Miguel Lozano, corresponsal de Prensa Latina en República Dominicana, su gentil envío.

Mis amigos ingleses me han preguntado con interés acerca del Paraguay. Estas preguntas han sido de las mas heterogéneas. Ellas me han servido para confirmar mi convicción del admirable sentido práctico que poseen los ingleses para llegar prontamente al fondo de las cosas. En un tema semejante, a mí me hubiera gustado divagar, generalizar en lo posible, meterme por vericuetos sugerentes, eludir el dato, la cosa en sí misma, por temor de agredir con resultados contraproducentes un tópico tan vario y huidizo...

Pero, los ingleses sonríen ante esta propensión somnolienta o soñadora del hispanoamericano. Y, a veces, hasta les resulta difícil ocultar su incomodidad ante ella. Por eso, casi invariablemente me he sentido acosado por cuestiones concretas y conminado también a dar respuestas concretas y definidas.

Mis amigos ingleses me han preguntado un sin fin de cosas: qué comen los paraguayos; cuál es el tono peculiar de la literatura; si en la creación poética predomina la lírica o la épica; cuáles son las costumbres populares más notables; si su música es triste o alegre; si hay indios y si subsiste una interacción recíproca ente la nueva cultura criolla y la primitiva o indígena; cómo es el paisaje; si la tierra es roja o negra; si la luz es viva o cálida; si la mitología indígena influye aun en la creación poética y musical, con sus supervivencias rituales, y hasta si el paraguayo es por lo general, manso o irritable, tornadizo o constante.

Como puede verse, la guerra no ha cambiado mayormente a los ingleses. Al inglés, pero sobre todo al inglés estudioso u observador, le sigue gustando apoyar fuertemente los pies en la tierra y llevar la frente al aire libre y los ojos ágiles para mirar a derecha o izquierda, sin excesivas trabas metafísica. De modo que tuve que plegarme a esta peculiaridad, y satisfacer mal que bien las encuestas.

Así, por ejemplo, he comenzado por decir a mis amigos ingleses que el paraguayo no tiene mayores preferencias gastronómicas. Aun más: les he asegurado que el paraguayo en cierta manera no come, lo cual parece que hasta cierto punto resulta saludable, puesto que esta virtud de su sobriedad le ha permitido salir airoso de muchas dificultades históricas: guerras, turbulencias políticas, épocas de carestía, etc.

El paraguayo se conforma con lo que alcanza a comer. Es sobrio por naturaleza. No conoce el abuso de las comidas. Mas que como a una satisfacción placentera o sensual, se acerca a la comida con un gesto que tiene algo de rito. El plato nacional, que es la sopa paraguaya, posee la virtud, sobre todo, en el campo de convocar en el hombre del pueblo sus mas puros sentimientos de solidaridad social. De este gran pan dorado de maíz, queso y leche, salen siempre pedazos generosos para el forastero, como un humeante símbolo de la generosidad campesina.

Por esta puerta abierta de la sobriedad paraguaya podemos penetrar ya a otros aspectos de su carácter. El comer poco ha sido casi siempre síntoma infalible de ascetismo espiritual. Y el paraguayo es, indudablemente, un asceta, aunque este escetismo no sea precisamente de textura religiosa, y limite más bien con un estoicismo ejemplar que le impregna las más hondas raíces.

Yo creo -y me estoy refiriendo siempre al hombre del pueblo- que el paraguayo es un héroe en potencia. No un héroe belicista, un soldado que quiere combatir a toda costa y despanzurrar al prójimo, porque si, por oficio; sino un héroe anónimo de su propia vida; un hombre callado y taciturno por dentro, pero chispeante de humor por fuera, con el trato resplandeciéndole de la alegría contagiosa de sus decires infatigables.

Un hombre, en fin, que carga su vida y su destino y les juega con desenfadada desenvoltura a ver quien aguanta más. Naturalmente, como buen estoico, el paraguayo es también un buen perdedor. Si el destino le gana, lo acepta con una sonrisa. No quiere decir esto que sea necesariamente fatalista y que busque aniquilarse a si mismo en un anonadamiento invencible.

Por el contrario, no creo que haya en América un hombre que tenga más apego a la vida; una sangre que posea mayor rumor expansivo a la solicitación del vivir. Pero en esta sangre también transitan remontísimos árabes y españoles, el hondo ojo oriental y su fruición de descender hacia adentro para buscar cosas perdidas fuera de sí mismo. De allí quizás le venga alguno que otro empuje ensimismado o fatalista que le hace estar a veces como soñando, es decir, viviendo fuera de si mismo.

¿Es triste o alegre este pueblo que habita una tierra roja, casi palpitante, llena de naranjales y sonidos, de la luz llameante del sol, de una luna verde en las noches que sostienen contra su azul de mar estrellas altísimas?

Ni triste ni alegre. Tal vez una mezcla equilibrada de ambas inclinaciones. Pero, antes que triste o alegre, me parece si que es un atormentado, conviniendo en que uno puede ser atormentado independientemente de su alegría o de su tristeza.

Este tormento es lo que nutre su música, su poesía popular. Es el que desemboca a las cajas de las guitarras su río nocturno, o se trasparenta en esos gritos largos, de curva en gemido, de los dúos juglarescos de tierra adentro. Es también este tormento lo que le excita a vivir o a morir; a sentirse a si mismo como un hombre transitorio que tiene asignada una tarea cuyo sentido no puede acabar de desentrañar.

Y este es su tormento; no alcanzar con claridad lo que debe y puede hacer; vivir en la inmersión propia de su propia clausurada potencia que le empuja confusamente; tener esta voluntad y esta energía tan densas dentro de sí mismo que le rebosan por todas partes en gestos apasionados pero estériles; el no saber como dirigir o disparar sobre un blanco certero este poder condensado de su voluntad de marcha.

Es cierto que al pueblo paraguayo no le ha faltado en los trances difíciles un instinto seguro para adivinar cual era el recodo salvador, cual la rectificación necesaria para no desmoronarse en sitios baldíos. País de la profecía se le ha llamado en América, porque en el se gestaron muchas veces signos premonitorios de trascendentales acontecimientos que a travésdel Paraguay elaboraron signos infalibles.

Pero, por aquí nos vamos hacia otro tema. Sin embargo, en las manifestaciones del folklore ocurre algo semejante. El pueblo vive sumergido en este intenso aunque impalpable mundo de las sugerencias folklóricas. De aquí que resulta mas adecuada la expresión de que el pueblo paraguayo vive su folklore; es decir, vive, soporta o padece, todas las cosas y sentimientos que componen la presencia de la tradición, de las costumbres, de su idiosincrasia, de su arte. Esto, mas vale que decir de este pueblo que hace su folklore, o lo organiza para conocerlo a fondo, e incorporar conscientemente a su cultura.

Recuerdo que en Oxford, hablando con el profesor Trend, catedrático de español en Cambridge, se me escapó de los labios esta imagen: dije del folklore del Paraguay que era un río ciego y poderoso, de empuje subterráneo, pero con ojos lúcidos que se le encendían a cada instante a flor de tierra. La comparación entusiasmó a mi distinguido interlocutor, no por su acierto, desde luego, si tal vez por lo que de sugeridoras reflexiones atraídas a su entendimiento.

Tuve que explicar detenidamente a este talento enamorado de Hispanoamérica, qué era lo que en realidad debía entenderse por esta cuestión de los ojos lúcidos; el asunto del bilingüismo, no como materia de simple diversión erudita, sino como crucial dilema de creación artística; cuál era en mi opinión, por esta causa, el arte genuinamente representativo del Paraguay, y muchas otras cosas conexas con estos tópicos.

Fue entonces cuando afirmé que la música es el arte de más considerable presente y de mayor futuro en el Paraguay. Por este puente inmaterial de la música están unidos los dos ámbitos emocionales del guaraní y del español, en el hombre del pueblo. Virtualmente toda la energía creadora se ha canalizado hacia la música que, me atrevo a afirmar, es hoy una de las que poseen en Sud América, mayor personalidad, más intenso carácter de pasión realmente artística.

Así surgieron, por ejemplo, Agustín Barrios, desaparecido no hace aún dos años, que fue sin disputa el más grande guitarrista continental, y José Asunción Flores, creador de la Guaranía; forma musical que, condensando lo más genuino del alma popular, ha tendido con éxito cada vez creciente hacia la gran estructura sinfónica, bajo los desvelos del mismo Flores.

Agustín Barrios fue, no solamente un magnífico intérprete, sino también un fecundo compositor que legó mas de un millar de páginas de una inspiración admirable. Barrios y Flores son dos de esos ojos lúcidos de que hablaba, que le crecen sin cesar a la corriente íntima del pueblo. Mediante estos ojos predestinados, el pueblo se reconoce a si mismo en ella.

Estos creadores no traicionan su raíz para madurar su voz en un fruto jugoso y perdurable. Hay en ellos una conmovedora ternura hacia el venero popular, un apego de devoción insobornable a este fondo que sienten latir en lo mas íntimo de su ser. Se sienten ramajes del mismo y venerable tronco del pueblo, a tal punto que la identificación de un genuino talento creador no puede hacerse en el Paraguay por otro camino que por el de la comprobación de su fidelidad a la autentica vibración folklórica. De esta manera surgen también los continuadores que trabajan en la vertebración artística del Paraguay.

Barrios tiene el suyo en el guitarrista Cayo Sila Godoy, joven pero lleno ya de destino. Flores esta al frente de una generación de músicos notables por sus méritos y su efectiva capacidad de labor artística.

El signo distintivo de esta música es su afan de abrir con una voluntad precisa nuevos caminos del arte musical paraguayo. Macerando los sedimentos folklóricos y dándoles diafanidad de presencia en estructuras formales de concepción técnico-artística cada vez más afinada, como en Flores, estrenado con notorio suceso han sido hace apenas un año en Buenos Aires.

El afirmar que la música se halla situada en primer plano en la evolución artística del Paraguay, no implica restar importancia a los otros géneros, sino simplemente colocarla en el sitio de preeminencia que le corresponde por derecho propio.

Hay que añadir, desde luego, que el paraguayo siente la música como un mandato ancestral, proveniente no solo de sus progenitores autóctonos sino también hispánicos. El guaraní posee evidentemente una extraordinaria sensibilidad musical. Y la prueba está en que los misioneros españoles del tiempo de la conquista no encontraron ningún recurso mejor que la música para atraer a sus reducciones a los pobladores autóctonos que, al oírlas, quedaban como transfigurados de mansedumbre, atónitos y casi como en una difusa ensoñación.

Aun se puede sorprender a través de las danzas rituales de algunas tribus supervivientes, un admirable sentido del ritmo que hace a estas danzas realmente fascinantes. Las restricciones que se imponen recíprocamente las dos fases sentimentales o emocionales del bilingüismo en el Paraguay, quizás sean una de las causas que entorpecen el crecimiento de la novela, pero ayudan, en cambio, a la condensación del carácter artístico en cada uno de estos cauces de presión, separadamente.

Y lo que es muy importante, especialmente por lo que concierne al guaraní, es que la cohesión del pueblo se mantiene intacta y como defendida por un nucleo indestructible. Es indudable que la fuerza expansiva del español va abriendo día a día brechas cada vez más profundas en la estructura del idioma nativo. Pero esta es una absorcion creciente que no destruye la materia verbal del guaraní, sino que la incorpora y la asimila, sin aniquilarla.

Por esto, aun en el caso poco probable de que el guaraní desaparezca en el porvenir como instrumento de expresión y creación de todo un pueblo, lo cierto será que su presencia solo habrá dejado de hacerse sensible para alojarse como huésped secreto y ya indestructible en el alma popular del Paraguay, gobernando con su voz recóndita viejos recuerdos y siempre nuevas emociones.

 

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Etiquetas: Novela | América latina |
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