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Africa y el fenómeno de la migración
mbuyi kabunda | argenpress.info | 20-11-2003
    

[AFRICA]

Africa y el fenómeno de la migración
Mbuyi Kabunda es de origen congolés, profesor de las universidades. Patricio Lumumba (en el Congo) y Complutense (en España), es Presidente de Sodepaz. Perspectiva Ciudadana agradece a Enrique Caminero, activista social dominicano residente en Francia, el envío de este artículo.

La inmigración africana, por su carácter visible y número creciente de víctimas que se cobra, suscita debates en los medios de comunicación y en la opinión pública, teñidos a menudo con una frivolidad desconcertante, que ha de ser objeto de un análisis riguroso para determinar dónde llega la verdad y dónde empieza la intoxicación.

En relación con el problema de la inmigración, se suele insistir más en sus efectos que en sus causas.

Es preciso recordar los contextos histórico y estructural en los que se genera dicho problema, y sus aspectos positivos -sociales, culturales y económicos-, para proponer después unas soluciones al margen de las oficiales, que suelen obedecer a las consideraciones partidistas, incluso demagógicas, utilizando una tragedia humana con fines políticos.

Se imponen pues la adaptación de las leyes de extranjería y la mejora de las condiciones de los inmigrantes, que se convirtieron en nuevos agentes del mestizaje y de la multiculturalidad, fenómenos de los que no puede sustraerse el Norte en esta era de la globalización, que no debe ser solamente económica sino también humana.

Ello viene justificado por el hecho de que la inmigración es un fenómeno imparable que no ha hecho más que empezar.

El fenómeno migratorio es inherente a la historia de la humanidad, y se comprueba incluso en la propia naturaleza con los desplazamientos de rebaños a la busca de mejores condiciones de existencia para asegurar la supervivencia de la especie.

En los seres humanos, obedece a factores económicos y sociopolíticos, y es siempre generado por las situaciones bélicas, de injusticia social, las hambrunas o por factores relacionados con las confesiones, por enfermedades o las calamidades, naturales, o la escasez.

Son estas las razones que explican que aproximadamente el dos por ciento de la población mundial es decir, unos 120 millones de personas, vivan fuera de sus hogares de origen. La propia tradición africana se caracteriza por importantes movimientos migratorios, motivados por la búsqueda de nuevas tierras fértiles, para la población concernida o para alimentar los rebaños tras un cambio estacional.

A nivel individual, la emigración de los africanos se explica por razones culturales y económicas, tales como la necesidad de independizarse tras el proceso de iniciación y la búsqueda de trabajo para reunir la dote y contraer un matrimonio exogámico. Dicho de otra manera, el nomadismo es una constante en la vida de los africanos.

La propia colonización europea, con su política de reclutamiento de mano de obra para las minas y los cultivos de exportación, favoreció este fenómeno.

Culminó con las irracionales políticas de desarrollo poscoloniales, inspiradas desde el exterior y mayormente responsables del éxodo rural, al descuidar las zonas rurales y la agricultura en favor de las ciudades y de la industria, y, en aras al mito, importado, de la industrialización como motor del desarrollo.

La inmigración africana, en el Norte en general y en Europa en particular, se remonta a la década de 1950 y 1960, y fue dictada en este periodo por la necesidad de mano de obra en estos países, donde la expansión de la industria clásica la requería.

Dicha inmigración se incrementó en la primera mitad de la década de 1970 por varias razones. La escasez de población europea debida a la planificación familiar, fácil acceso a la contracepción, el matrimonio tardío, y la liberalización del divorcio y del aborto; la conversión de Italia y España, tradicionales emisores de emigrantes, en receptores de inmigración, que para desarrollar sus industrias necesitaban la mano de obra africana y asiática.

Otros aspectos favorables fueron el desarrollo del sector de servicios y de economía sumergida en los países del sur de Europa que, para eludir los altos sueldos exigidos por los ciudadanos y los gastos de seguridad social, prefirieron la mano de obra barata africana.

La explosión demográfica que caracterizó a muchos países africanos, la excesiva carga de la deuda externa, el deterioro de los términos de intercambio, la generalización de las dictaduras militares y civiles, convirtieron la emigración hacia Europa en una de las alternativas en la década de 1970 y 1980.

De un fenómeno esencialmente campesino obrero en sus orígenes, la inmigración africana paso a ser, en este periodo, un fenómeno de las clases medias cualificadas y de las mujeres como resultado, por una parte, de la política de reagrupación familiar y, por otra, de la búsqueda de nuevas fuentes de ingresos.

El confinamiento de Africa en la repulsión y subdesarrollo y el atrincheramiento de Europa en un mundo atractivo y desarrollado -ayer, por los mecanismos de acumulación primitiva de capital mediante la explotación y extorsión de otros pueblos y continentes, y en la actualidad por el neocolonialismo neoliberal- crea en el continente una situación de desesperación de la que los empobrecidos intentan huir por todos los medios.

De este modo se realiza la profecía de Keynes: si la riqueza no va allí donde están los hombres, son los hombres los que van allí donde están las riquezas.
Al convertirse el Mediterráneo en la barrera que impide a la riqueza trasladarse hacia una Africa cercana y empobrecida, son los africanos los que intentan, aunque arriesgando la vida, alcanzar el paraíso terrenal o la ierra prometida, siguiendo las autopistas que tomaron y siguen tomando sus recursos. Los desheredados africanos huyen pues de la miseria y del hambre.

El imperialismo cultural y publicitario occidental, que ha invadido hasta las aldeas y los suburbios africanos, es responsable de dicha emigración.
Consiste en presentar a Europa como el escaparate del éxito de una sociedad de consumo, el modelo y la referencia obligada en todo proceso de desarrollo y modernización, tal y como se puede contemplar en las emisiones de televisión captadas en la orilla sur del Mediterráneo y en los suburbios de las grandes ciudades africanas, invadidas por las antenas parabólicas.

La educación recibida por las élites, intelectualmente neocolonizadas, les conducirá a reproducir, en sus prácticas, los comportamientos extrovertidos aprendidos de sus mentores euro-norteamericanos, desdeñando lo interno, considerado como primitivo y atrasado, y avalando lo europeo, presentado como símbolo de progreso y modernidad.

Jean Ziegler denuncia, en La victoria de los vencidos, esta alienación de las élites y clases gobernantes en estos términos:
La mayoría de las clases dirigentes del Africa contemporánea, puestas en su lugar, formadas y teledirigidas por el antiguo colonizador, se esfuerzan por seguir al pie de la letra las recomendaciones de Jaurés: sus modos de pensar, formas de vestir, sexuales, costumbres de consumo, vivienda, lenguaje político; todo denota una furiosa voluntad de imitación, de reproducción de los valores de la metrópoli.

Las significaciones y valores autóctonos, las estructuras familiares, las solidaridades de clan, las cosmogonías comunitarias y las conductas que generan se ven mutiladas, pervertidas, desacreditadas. La cultura tradicional es negada, asfixiada por la cultura imitativa, porque se organiza su olvido.

Esta situación de atracción económica y cultural ejercida en las masas africanas tendrá un impacto negativo, que desembocará en un aumento del deseo de viajar a Europa para mejorar su estatus social convertido en una obsesión.

La actitud arrogante de sus dirigentes les convencerá de que la única manera de competir con ellos es dirigirse a la fuente de sus privilegios: Europa.
La generalización de las dictaduras y de los conflictos armados (20 de los 53 Estados africanos y el 20 por ciento de la población africana viven en situaciones de guerra), en los que la población civil es víctima de todo tipo de vejaciones cometidas tanto por las fuerzas gubernamentales como por los movimientos rebeldes, crea una situación de inseguridad generalizada.

Las limpiezas étnicas, los genocidios, las exclusiones oficiales y la violación sistemática de derechos humanos se convierten en prácticas corrientes en muchos países africanos, e incluso en modos de gobierno.

Dicho sea de paso, muchos de los gobiernos dictatoriales y de los movimientos rebeldes siguen beneficiándose del respaldo político, financiero y militar de los gobiernos del Norte, que los han tornado en sus principales interlocutores asegurándoles la impunidad total, en su afán por controlar los mercados locales y las materias primas estratégicas.

En estas condiciones de sufrimiento humano, la inmigración se convierte en el comportamiento racional más elemental, para asegurar la propia supervivencia. Los oprimidos africanos huyen hacia Europa, considerada no sólo como el continente de la riqueza, sino además como la tierra de la libertad y, de los derechos humanos.

Los centros de decisión y de toma de iniciativas, que sustituyen al Estado africano, están ubicados generalmente en Europa. Reciben en sus propias puertas a los africanos que vienen a buscar los servicios sociales que se les han quitado, y que en Europa sigue asegurando el Estado, un Estado que, al contrario de su contraparte africana, mantiene su protagonismo económico y político.

Prefieren las cárceles europeas en las que gozan de una cierta dignidad humana asegurada por un Estado de derecho, a la vida constantemente amenazada en sus países por las guerras, las dictaduras y las epidemias de toda índole.

El envejecimiento de la población europea (la media de niños por mujer es de 19 en el Norte -España tiene la más baja de Europa con 116 niños por mujer- y 35 en los demás países del Sur) explica que la inmigración sea una necesidad para ciertos sectores económicos, tales como la agricultura o la construcción, que reclaman a trabajadores extranjeros ante la falta de mano de obra local, y para renovar a la población de los países ricos.

En el caso particular de España, se necesitarían cada año a más de 200 mil inmigrantes para compensar en los años venideros el déficit demográfico. La vecina Africa, cuya tasa de crecimiento de la población, en torno al tres por ciento, es la más alta de mundo, se presenta como una reserva lógica, por razones históricas y culturales.

Las contraverdades sobre la inmigración africana
Las motivaciones económicas no explican del todo la inmigración africana, que se origina también en las guerras y las dictaduras, muchas de ellas fomentadas, apoyadas y financiadas por los gobiernos del Norte y la propia crisis del Estado, junto con las catástrofes o calamidades naturales (desertificación, deforestación, graves sequías e inundaciones que afectan a varias regiones del continente) echando a millones de personas de sus hogares.

Las convulsiones internas, de carácter social y político, condenan a los africanos a migraciones internacionales para buscar la seguridad individual y colectiva. Las innumerables guerras civiles, intra o interestatales, convierten a algunas regiones del continente en un verdadero infierno del que huyen los ciudadanos para escapar a la muerte segura.

Dicho de otra manera, los africanos se dirigen hacia Europa por atracción del liberalismo político y cultural y por su mayor nivel de vida. La verdadera explicación económica estriba fundamentalmente en el desequilibrio económico, cada vez más profundo, entre Africa y Europa, entre el Sur y el Norte.

La inmigración africana no constituye en absoluto una amenaza a la identidad cultural de los países europeos.

Todo lo contrario, contribuye a la expansión internacional de los países de acogida, razón esta que explica la decisión del ministro francés de Exteriores de facilitar el visado de entrada en Francia a todos los que contribuyen a la extensión de la influencia cultural, política y económica de Francia, al desarrollo de sus proyectos de cooperación, y al fortalecimiento de las relaciones bilaterales, dando prioridad a los estudiantes, profesores, artistas, hombres de negocios, personas influyentes o cuadros científicos e investigadores.

A ciencia cierta, se puede afirmar que una proporción importante de las familias africanas inmigrantes viven considerables metamorfosis culturales mediante la transformación de la concepción de la familia, que es cada vez más una conciliación entre la familia nuclear occidental y la africana, así como el abandono o la limitación de la poligamia y de la escisión para algunos pueblos que tradicionalmente las practicaban.

No es verdad que Europa, a través de la inmigración, acoja a toda la miseria del mundo. La inmigración africana es más intracontinental u horizontal que extracontinental, ya que se produce de los países del Sahel hacia los países costeros ricos del Africa occidental (Costa de Marfil y Nigeria), de los países del Africa central y occidental hacia Gabón, de los países del Africa austral hacia Sudáfrica, de los países del Cuerno de Africa hacia Kenia o de los ruandeses y burundeses hacia el Congo Zaire y Tanzania, que tuvieron que recibir en sus territorios a más de tres millones de refugiados en 1994.

Dicho de otra manera, de cada 10 personas que deciden abandonar su país de origen, ocho se quedan en los países de la zona y dos se dirigen hacia las puertas de salida hacia Europa: Mauritania, Marruecos y Túnez, donde suelen caer en el engaño o la trampa de las mafias.

Los inmigrantes africanos no quitan los puestos de trabajo a los nativos. Ocupan puestos desdeñados por los nativos y trabajan en condiciones de casi esclavitud, explotados por los empresarios.

Estos aprovechan su situación de ilegalidad o clandestinidad para pisotear los principios y derechos fundamentales de la persona, pues prefieren a esta mano de obra barata y clandestina, para no pagar los impuestos, los gastos de seguridad social y los altos sueldos que suelen exigir los empleados nativos, no dispuestos a aceptar los sueldos de miseria y las condiciones infrahumanas en las que trabajan los inmigrantes.

La verdad es que muchos países europeos necesitan a los inmigrantes, cuya presencia en sus territorios evita que se alcancen niveles negativos de crecimiento demográfico. Es una fuerza de trabajo indispensable e imprescindible.

Por otra parte, está la fuga de cerebros africanos, que ayudan de una manera involuntaria y barata a Europa, al ofrecer sus servicios por la mitad o la tercera parte del sueldo de sus colegas europeos, con los que comparten el mismo nivel de formación, y la emigración de los jóvenes que constituyen la principal fuerza de trabajo de los países africanos.

Ambos aspectos constituyen una nueva forma de extorsión de los países africanos, que les necesitan para el desarrollo local. En definitiva, lo que no entienden los africanos, fieles a su tradición de hospitalidad, es que se permita la libre circulación de mercancías o la entrada de sus recursos en Europa excluyéndoles a ellos.

Europa, que favorece la libre circulación de personas, bienes y capitales, ha de favorecer también la de las personas no europeas. Lo contrario sería caer en una tremenda contradicción, incluso con los propios principios fundamentales del neoliberalismo.

Las soluciones
El trato policial o la construcción en la frontera entre Marruecos y Ceuta de una inmensa barrera metálica de tres metros de altura y de ocho kilómetros de longitud para impedir a los inmigrantes africanos entrar en Europa, junto a las expulsiones, es decir la inmigración cero, no constituye la solución pues no ha impedido la entrada masiva de inmigrantes clandestinos.

Por lo tanto la solución pasa por los siguientes aspectos: la regularización de los inmigrantes clandestinos presentes en los países europeos, facilitándoles la integración social y el acceso a la nacionalidad, incrementando sus oportunidades en el mercado de trabajo, reconociendo sus derechos culturales.

Al mismo tiempo que favoreciendo su participación en los mecanismos de toma de decisiones en la sociedad de acogida, en particular el derecho al voto en las elecciones municipales. Es decir, la política de igualdad de oportunidades con los nativos, contra la discriminación y la exclusión.

Los africanos, ya presentes, no deben refugiarse en guetos y encerrarse en sus identidades. Han de integrarse en la sociedad de acogida, a través de la escuela y la formación, a las que se le debe facilitar el acceso para que sean útiles a sus países si deciden más tarde regresar, y el aprendizaje de la lengua y la cultura del país de acogida, que constituyen siempre un elemento enriquecedor y que les podría permitir realizar un cambio de mentalidad, en el sentido del progreso, en sus país de procedencia.

La armonización europea de las cuestiones de inmigración, de admisión de refugiados y asilados, para repartirse equitativamente la carga y evitar las actuales soluciones divergentes en función de la situación demográfica, el nivel de desarrollo económico, la demanda y oferta de la mano de obra en el mercado del trabajo, las condiciones de trabajo y el nivel de salarios en cada país.

Por lo tanto, dichas soluciones van desde el cierre de las fronteras a la inmigración, pasando por las expulsiones y la marginación, hasta la definición de una política de cooperación con los países africanos para limitar los flujos migratorios y la integración individual y/o colectiva.

En pocas palabras, unos la consideran como una solución y otros como un problema. Así pues, a menudo se crea una situación de no expulsión y de no regularización.

La solución de prestar ayuda al desarrollo de los países africanos para limitar el flujo migratorio, por la que abogan los gobiernos y ciertos sectores bien intencionados del Norte, tiene una clara connotación simplista, paternalista e incluso racista, por varias razones: consiste en fijar en el continente a los negros uenos, y a evitar la salida de los malos y peligrosos, que amenazan la dolce vita del paraíso de la riqueza (Europa).

Olvida que los focos de inmigración ya no son las zonas desfavorecidas sino las capas urbanas más cualificadas y cómodas; pierde de vista que la ayuda al desarrollo sólo puede servir de paliativo a la extrema pobreza, pero nunca puede convertirse en motor del desarrollo, que necesita soluciones estructurales.

Es difícilmente concebible que los países del Norte que no han erradicado completamente la pobreza en sus propias sociedades lo consigan en Africa; la experiencia de la ayuda al desarrollo de las tres o cuatro últimas décadas se reveló como un fracaso, pues no tuvo en sus preocupaciones los aspectos de justicia social y la mejora de las condiciones de los más pobres.

Dicha ayuda sirve para todo salvo para el desarrollo, además de convertirse en la ayuda de los ricos de los países ricos a los ricos de los países pobres. Sería caer en la trampa de los dirigentes africanos, que seguirán favoreciendo dicha inmigración con el fin de presionar a Europa para que aumente su ayuda al desarrollo.

La solución radica en el co-desarrollo, propuesto por Sami Nar, que consiste en convertir a los inmigrantes en agentes o vectores del desarrollo, mediante su integración en los países de acogida, al tiempo que hacerles encargados de la solidaridad activa con sus países de origen, mediante la multiplicación de micro-proyectos gestionados por ellos mismos con el apoyo de los poderes públicos del Norte, que les han de facilitar una formación adecuada para satisfacer las necesidades de sus países.

Ello viene justificado por el hecho de que revelan ser unos cooperantes eficaces, al encargarse con sus escasos ahorros de mantener en sus tierras a los potenciales candidatos a la inmigración mediante las ayudas que les proporcionan, al ocuparse de los aspectos de desarrollo humano (compra de herramientas agrícolas para la creación de empresas familiares, construcción de pozos de agua, de escuelas y dispensarios que no suelen ser la principal preocupación de las agencias oficiales de desarrollo).

Además de constituir sus envíos de dinero la principal fuente de divisas de países como Marruecos, Mauritania, Senegal y Malí. Se ha de favorecer la ayuda de retorno a los inmigrantes que expresen dicha voluntad y al mismo tiempo ofrecerles la oportunidad de regresar a Europa, pues saben que al salir de allí sin esta garantía les resultaría difícil o imposible retornar.

Por lo tanto se quedan, incluso en la clandestinidad. Han decidido quedarse en Europa, por no haber alcanzado el objetivo por el que abandonaron sus tierras, en las que no se les perdonará el fracaso.

Inmigración africana: delincuencia, terrorismo y narcotráfico

Los hechos en las sociedades de acogida, al margen de algunos casos aislados, demuestran a menudo lo contrario: están implicados en estos delitos más nativos que inmigrantes, que de caer en ellos lo hacen más por necesidad de supervivencia o por un sentimiento de frustración, nacido de la contradicción entre el sueño de acceder a la sociedad de consumo que les fascina por su irresistible poder de atracción, y la realidad de miseria y exclusión en la que viven.

Por lo tanto, desarrollan actitudes agresivas contra los símbolos de la opulencia europea. Encontrando una fuente de ingresos segura, no se dedicarían a dichas actividades.

Se ha de favorecer la enseñanza de las realidades africanas en los centros de enseñanza en Europa, para erradicar los prejuicios negativos transmitidos desde hace siglos y generaciones, y que derivan en la definición negativa del continente, cerrando los ojos sobre los aspectos positivos.

No sólo la ignorancia de dichas realidades conduce a las actitudes xenófobas y racistas, sino que se está creando una nueva corriente, que pasa casi desapercibida, y que consiste para ciertas personas, sin la mínima idea de la realidad africana, en autoproclamarse especialistas de Africa.

Dicho de otra manera, cuando se trata de Africa todo el mundo se convierte en especialista, con la consiguiente proliferación de tópicos.

Estas personas, consciente o inconscientemente, rinden un mal servicio a Africa y a los africanos, por transmitir conceptos erróneos y equivocados, y por caer a menudo en el euro-centrismo destructor o la autoflagelación injustificada, actitudes ambas que se notan en los jóvenes, incluso universitarios, a los que no se suele proporcionar una información adecuada.
Todo lo que consiguen es favorecer en la sociedad la actitud de rechazo o de complejo de superioridad con respecto a los africanos. Se impone la recuperación de este problema en un plano de análisis y de difusión responsable, siendo el objetivo reparar este daño.

La presencia de los inmigrantes es una oportunidad para los europeos de enriquecerse conociendo los modos de pensamiento africanos, en este siglo XXI que se anuncia y que será culturalmente mestizo. Representan una fuente de enriquecimiento pan-humano y multicultural hacia el que camina la humanidad.

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